Yo nunca la vi entonces, ni puedo
decir tampoco cómo la imaginaba a mis nueve años; pues, por mucho que me dijera
Cándido que brillaba como el candil recién prendido y que se le aparecía cuando
menos lo esperaba, nunca le creí una palabra, ni jamás pensé que acabaría
preguntándome si, en realidad, era yo el que no quería ver lo que él siempre tuvo
al alcance. Me decía, con su voz aflautada y áspera a la vez, quizá fuera
porque acostumbraba a hablarme de ella en susurro y lleno de entusiasmo, que en
las noches de verano entraba por la ventana abierta y, sin saber cómo, él se
despertaba de inmediato y la veía danzar a su alrededor unos instantes. «Tiene
el pelo largo, muy largo, y rubio y se mueve muy rápido», me decía, sin que yo
le prestase verdadera atención, pues siempre lo creí un iluso o acaso un ingenuo
que no sabía distinguir su propia ensoñación de la realidad. Cándido fue
siempre un buen niño, y en sus ojos hundidos por la redondez de su cara lucía
siempre una bondad infinita que quizá nunca nadie llegó a comprender.
Me contó que una noche (en la que
había tenido que esconderse en el desván para que su padre, siempre borracho,
no le pegara), cuando más triste y solo se sentía, ella llegó y lo besó dejándole
para siempre el intenso sabor de las fresas maduras en los labios. Yo creo que
fue aquel día cuando se volvió loco y, por mucho que quise disuadirlo de sus
atolondradas ideas, no lo conseguí. Tanto se empeñó, que no fueron pocas las
veces en que, cuando moría la tarde, nos adentrábamos temerosos en el bosque y
esperábamos a hurtadillas a que Dulcina (así la llamaba él porque decía que
olía a flores y porque era tan dulce como la miel), se dignara a sacarme de mi
incredulidad. De nada sirvieron tan innumerables e infructuosas esperas pues
jamás la criatura hizo acto de presencia, si es que verdaderamente existía aquel
ser más allá de su imaginación y de la pureza de su corazón.
La última vez que lo vi, antes de que
lo encontraran muerto, fue la tarde de su cumpleaños. Decía que ella llegaría a
traerle un regalo y que si me quedaba escondido detrás de la puerta, al final,
podría verla. Y así lo hice, pero ella no llegó en toda la tarde, ni luego,
cuando el sol ya se había perdido en el horizonte tiñendo de tintos y naranjas
el cielo esponjoso del final del verano. Quizá debí haber advertido el deseo
enfermizo en sus ojos de ir a buscarla desesperadamente, pero en mi mente de
niño no alcancé a vislumbrar que detrás de su decepción podía esconderse un
deseo tan febril. “Algún día la verás, te lo prometo”, sentenció antes de
marcharme, y esas fueron las últimas palabras que le escucharía decir.
Apareció dos días después en la cueva
de San Blas, a ocho kilómetros del pueblo, gracias a los perros de un cazador
huraño y maloliente que vivía cerca de su casa. Se cuenta que cuando lo
encontraron, más que muerto, parecía dormido, y que en su cara se dibujaba una
sonrisa sempiterna y feliz. Lo que más le llamó la atención al médico fue que,
después de dos días perdido y a la intemperie, su aspecto fuera pulcro e
inmaculado como jamás lo había sido antes. No hay nadie que cuente la historia
de Cándido sin que, tarde o temprano, acabe diciendo que durante todo el tiempo
que lo velaron, olía como los ángeles.
Durante muchos años pensé en él, casi
todos en los que aún fui niño, y siempre esperé a que alguna noche apareciera
también como una estrella caída del cielo y me despertara con una luz mágica y
revoloteara a mi alrededor, quién sabe si feliz por encontrarse ya en el mundo
del que quizá nunca debió salir. Con el tiempo, Cándido se fue diluyendo en mi
recuerdo y sus rasgos, que tan claramente definían su cara oronda y amable, se
resistían a emerger en mi memoria por más que yo lo intentase. Así fue como
dejó de estar presente en mi vida y pasó a ser una vaga y débil reminiscencia,
quién sabe si verdadera, pues la memoria tiende a jugarnos malas pasadas, y no
son pocas las veces en las que llenamos de color con pinceladas de deseo y
bondad el cuadro de nuestra infancia. Y así ha sido durante todos estos años,
en los que he vivido ya como un adulto lleno de responsabilidades y de trabajo
y de rutina y de desánimo, hasta esta mañana. Al despertar, lo primero que me
ha venido a la mente ha sido la clara imagen de su rostro, perfectamente
definida, con una nitidez impropia del recuerdo y de una memoria cada vez más
desgastada por haberla llenado de cosas inútiles. Me he incorporado en la cama,
prestándole toda la atención que he podido a mi figuración, tratando de que no
se desvaneciera y, por un momento, he deseado que apareciese mariposeando a mi
alrededor. «Se te va a hacer tarde», me ha dicho mi mujer al ver que no me
levantaba, «¿Te pasa algo?», me ha insistido aún con la voz pastosa. Con un
leve gruñido me he puesto en pie y he empezado uno de tantos días llenos de
tedio para pasarlo en una oficina en la que ya llevo demasiados años. He estado
durante toda la jornada algo distraído, sin saber dónde encontrar nada y
sintiendo que cada cosa que hacía carecía en realidad de sentido. Todo me ha
parecido raro durante el día, incluso las caras de mis compañeros, tan
consabidas, se me antojaban algo picasianas por momentos. De regreso a casa,
muy cansado por la falta de energía con la que he afrontado la jornada, es
cuando ha ocurrido lo inimaginable. Mi respiración era tranquila y sosegada
mientras permanecía amodorrado en mi asiento del último vagón del metro. Un
niño se me ha acercado y se ha colocado frente a mí. Debía de tener unos diez u
once años, yo ni siquiera me había fijado en que estuviera en el vagón. Al
principio no he reparado en él, ni en su rostro rechoncho ni en sus ojos
también hundidos, ni en su pelo laceo y veteado de ocres. Ha sido luego cuando
he tomado conciencia de todos esos detalles, pues el niño parecía estar
esperando algo por mi parte y se me ha quedado mirando fijamente, quizá a
sabiendas de que, antes o después, habría de fijarme en él. ¿Me habría
confundido con otro? ¿Estaría perdido?
Le he preguntado si le pasaba algo, y
me he acordado entonces de las palabras de mi mujer antes de levantarme, y también
de la imagen tan vívida del rostro de Cándido esa mañana, que por un momento,
sin poder evitarlo, he superpuesto al rostro rollizo del niño del metro. Pero
él no ha contestado, ni ha hecho una sola mueca, ni siquiera un gesto que me haya
servido de respuesta. Alguien ha venido entonces y lo ha tomado de la mano. Ha
sido una mujer joven, quizá demasiado para ser su madre, no excesivamente alta,
pero sí de una belleza impropia de los tiempos que corren, pues, durante los
breves instantes que nos hemos mirado, su tez se me ha antojado refulgente, y
su melena larga y sedosa, de un rubio seráfico. Desprendía un aroma afrutado e
intenso y una única palabra, que ha brotado de sus labios, me ha permitido
escuchar una voz melosa y sensual: «Perdone», ha dicho dibujando una sonrisa
hipnótica que me ha paralizado por completo. He querido responder, pero me ha
sido imposible articular un solo sonido. Ambos se han dirigido entonces hacia
la puerta y, justo antes de que se bajaran, el niño, con un gesto lleno de
complicidad, me ha lanzado una mueca de triunfo, y me ha mirado con los ojos
llenos de satisfacción. Sin poder evitarlo, su rostro me ha parecido ya otro,
no el suyo, sino el que tan vívidamente me había despertado esa misma mañana. Antes
de que se bajaran del vagón he tratado de reaccionar, como si de pronto todo
hubiera cobrado sentido. Pero las puertas se me han cerrado a escasos
centímetros y tan sólo los he podido ver menguar desde el cristal, que he
golpeado con rabia, y, ya a lo lejos, he creído que, más que caminar,
levitaban.
Cuento publicado en la Agenda de las Hadas (2009). Ediciones Obelisco 