Una inquietante exploración de lo insólito.
Daniel Jándula me pidió que le presentara su
nueva novela en la casa en la que vivió Carlos Barral, hoy casa museo, en
Calafell; un lugar mágico, impregnado de una esencia inconfundible que le llega
desde el mar, habitualmente plácido, y que se deposita en las paredes hasta
agrietarlas. Me halagó la petición. Desde hace un año compartimos tertulia
radiofónica una vez al mes, además de cafés y risas. Pero esto es serio. Yo,
que no estoy avezado en presentaciones, que apenas me estreno, siento tanta
responsabilidad como ganas. Ganas de leer a Daniel Jándula, un autor del que ya
se dijo, en una mítica serie de televisión, que daría mucho de qué hablar.


Así despierta el personaje el día que se
queda dormido y pierde su vuelo a Argentina —por cierto, un vuelo que nunca
llegará a su destino—. Ambas cosas las encaja sin conmoción ni sobresalto. Pronto
sabemos que este personaje está tan vacío como el piso que está dispuesto a
abandonar —el piso ya es sólo un resto, la carcasa que una vez contuvo una
historia, la de él y Lidia—: “Mi vida durante estos días es un acertijo. Es
como si solo pudiera mirar el mundo a medias y mi humanidad se perdiera a
sorbos, o como si me estuviese volviendo transparente”. Ha renunciado a su
trabajo de funcionario, estable y seguro, porque “algo no iba bien en esa
aspiración a tener un empleo fijo, un modo de comportarse previamente
establecido y una seguridad comprada para el resto de la vida”.
Con esa mirada desleída, casi gris, pero no
menos punzante, el lector se adentra en una historia introspectiva, intimista,
profunda, emotiva, poética, de lo que supone crecer, tomar decisiones, amar,
perder. Quizá sea ese el reto que nos propone el autor, un acertijo insondable,
una mirada apacible hacia el juego macabro que supone tener una vida y no saber
qué hacer con ella.

Las páginas vuelan al mismo ritmo que crece
el agujero. Éste no deja de comer lo que le interesa, selectivamente, de cuanto
–poco– queda ya a su alcance: la nevera o el cortaúñas, para dejar huecos en el
hueco. Engulle lo más inopinado, ante el asombro impasible del narrador –por
momentos uno tiene la sensación de que el tiempo se le ha detenido dentro–. Y,
de repente, intuyo la estructura fractal de la novela y su magnetismo
hipnótico, como si ésta fuera el crepitar de una hoguera o el incesante rugido
del mar.
Un freudiano diría que, en la fábula
construida, el narrador ansía volver al útero materno y regresar, a través de
esa vagina simbólica, a la no existencia. Quizá un psicoanalista lacaniano
consideraría al agujero como el reverso del «a» minúscula; por así decir, como
el objeto causa del no-deseo, que sume al narrador en una desapasionada
existencia, el agujero como la inesperada divergencia de lo real, lo imaginario
y lo simbólico; un espacio sin materia, un lugar en el que el sujeto no mira,
sino que se mira mirar. Pero esto supondría desvirtuar la historia, simplificar
la profunda construcción que supone Tener
una vida y renunciar al deleite de saborear sus páginas, como si cada una
de ellas fuera a la vez página y obra al completo, una estructura fractal que
traspasa realidades, que ya no intuyo, sino que confirmo al observar
detenidamente la fotografía en la que aparecemos los dos, con la portada en
primer plano y un agujero incipiente en la pared, al fondo, con clara intención
de devorar al autor, sin que ni él ni yo seamos conscientes, ni siquiera
notemos su presencia. Y así caigo en la cuenta de que la obra en sí misma es un
agujero que devora al lector, que lo atrapa irremediablemente desde la primera
hasta su gloriosa última frase.