lunes, 14 de marzo de 2016

Fiebre



“Tengo para mí que cuanto más libre es una novela en su concepción, cuanto más desenvuelto es quien la escribe cuando la escribe (…), cuanto más dispuesto está a contar a su manera (esto es, lo que le venga en gana, como le venga en gana y en el orden en que le venga en gana según sus propósitos y su plan), con más probabilidades contará su novela de durar y de ser leída una y otra vez, porque en ella habrá siempre algo nuevo o cambiante que descubrir o comprender.” [Javier Marías. Literatura y fantasma. Alfaguara. Madrid (2001)]

Esta es la sensación con la que me quedo después de haber terminado Fiebre; la de haber asistido a una novela libre en su concepción de principio a fin, en la que su autor, Matías Candeira, del que se ha dicho que ha dado el “salto a la novela” (como si lo anteriormente escrito por él tan sólo hubiera sido un tanteo, una aproximación, unas cuantas piscinas antes de aventurarse a surcar los mares), nos conduce a un viaje en busca del padre. 

 

Candaya Narrativa 36


ISBN 978-84-15934-17-2


352 págs.; 21 x 14 cm / PVP 18 €


De entrada, la novela sienta las claves de cómo ésta debe ser entendida y tomada; de cómo debe concebirse lo que a partir de las primeras líneas nos va a ser narrado y sitúa fácilmente al lector: quién, donde, cuándo y qué. ¿Quién? Caníbal, un joven así bautizado por sus compañeros del colegio cuando sus dibujos, evocados a partir de una mancha de nacimiento, todavía “no eran muy buenos”. ¿Dónde? En un hospital. Caníbal arranca la historia al lado de su padre agonizante delirando en una cama mientras la sórdida y nada compasiva mirada del hijo se entretiene con la cópula de dos moscas irreverentes, una metáfora de lo que posiblemente fue su infancia, en una familia en la que lo animal primaba sobre lo puramente humano: Mi padre no valió o no ha valido […] mucho la pena. Su precio en una tienda de productos coreanos […] habría sido tasado varias veces a la baja […]. ¿Cuándo? En la actualidad, en esta era de la comunicación ininterrumpida por las redes sociales, que busca lo rápido, lo inmediato, la satisfacción directa y sin preámbulos. ¿Qué? Lo que significa ser hijo en la historia de una pareja: “¿Tú querías a mi madre? Y en esa historia ¿qué pintaba yo?”.

Bien, buen arranque, con las consignas y el asunto claros desde el inicio para construir el timbre de la voz y el color de la mirada. Sin ambages, tomaremos conciencia de su tono agrio y desabrido; con dificultad para expresar las emociones, aquellas que tienen que ver con el amor. El hermetismo de Caníbal está repleto de imágenes crudas, siniestras, que nacen de la paradoja y la contraposición para dar un plus de sentido, para crear poéticamente significaciones nuevas sin dejar en el olvido el clima familiar sufrido, del que no detalla particularidades, esas que han dejado mella en un joven desnortado emocionalmente víctima de un padre hosco y hueco: “Soy afortunado, ahora todo lo que me queda de mi padre en el mundo es una bolsa de plástico con un cierre de zip, pegajosa en su interior. […]. ¿Por qué no hurgarse los dientes y escupir en ese templo de carne delgada y costillas aplastadas de fiebre? […] podría usarla para guardar una chuleta de cerdo; o incluso peor: la bolsa sería ideal para asfixiar la cabeza de un animal, una familia entera como la nuestra, la vida de un hijo y una esposa”. No tardamos en confirmar que Caníbal ha heredado rasgos psicopáticos: ¿Acaso sinó disfrutaría llamando por el apellido a su primera novia adolescente?: “Para más detalles, yo tenía la mano bien metida en los pantalones vaqueros de Isabel D. Me extasiaba moverla despacio, dentro de esa humedad dulzona, y decirle al oído su nombre completo. Isabel D., haz el favor de estrecharte contra el rincón de este urinario repugnante”. Esta primera parte se cierra presentando a la madre, una madre lejana y desafecta que llega desde su vida acomodada en Irlanda para el entierro del marido abandonado, del padre ya muerto; una madre con la que hay complicidad y condescendencia, acaso un deseo de connotaciones edípicas sublimado, mostrado sutilmente mientras le acaricia los cabellos plateados y sedosos cual ensoñación nocturna. 

Es la segunda parte de la novela, la más extensa y tupida, donde el autor hace un verdadero despliegue de densidad para abrir los frentes con los que nos irá seduciendo y armando la trama: la relación con Irene (la enfermera que ha cuidado de su padre) y su hija Lea, con la que mostrará algo de apego, pero sin derroche, propio de aquellos con los que nadie fue tiernos.  La pringosa pregnancia de Sara, con la que iba a casarse y que el destino le arrebató. Una muerta muy viva por el lamento de un ex suegro que todavía llora a la hija y así no deja que se vaya del todo. 

Caníbal vive entre los muertos tan vivos, que se perpetúan en la conciencia para arrebatarle el presente, como si su rondar fantasmagórico tuviera potestad de diezmarlo, menguarlo como un embudo y hacerlo así más difícil de atravesar. A partir de ahí, las preguntas: ¿qué pasó con Sara? ¿Por qué el padre cernía sobre su hijo la hostilidad constante, la amenaza velada mientras aplastaba con el puño el cráneo de una rata? La trama se va urdiendo como un viaje a “las tinieblas del corazón”, a los recuerdos vacíos, en busca del rastro de ese padre inexistente más que como semental o, si me apuran, como pura simiente. Padre de bajos fondos y manos manchadas de sangre, padre que se persigue por su falta de caridad e indiferencia ante la muerte de Sara, padre que se busca y que únicamente se halla entre los recortes de prensa de un dossier que arroja titulares sobre una chica estrangulada, un constructor condenado que aún cumple condena y que quizá lo lleve hasta ese momento que obligó al padre a dejar de serlo, si es que alguna vez lo había sido. Trama de novela negra con trasfondo intimista de personaje atormentado, incapaz de nombrar su dolor para salvar el abismo que lo separa de Irene. 

Decía Marías que escribir novelas es la asunción de una anomalía. Publicarlas el intento de imponer a otros esa anomalía. El novelista tiene la visión deformada, también la lengua, quizá el gusto. Que quien escribe lleva a cabo continuamente una selección de la vida. Elige lo que le interesa vivir, y por tanto elige su propia muerte; y es aquí donde Candeira, como autor, conduce a Caníbal a elegir su propia muerte y lo resucita en la tercera y última parte de la novela para dejar claro que no todas las preguntas pueden ser siempre contestadas y que hay mundos que se pueden recorrer sólo porque uno tiene la visión deformada, tanto que en ocasiones no es ni la de uno mismo. 

Fiebre es la enfermedad que se hereda, es la pregunta inconclusa, es un viaje a la muerte sin sentimentalismo. Fiebre es el descenso y también el desvarío. Quizá por ello es una novela que habrá de ser de ser leída una y otra vez, porque en ella habrá siempre algo nuevo o cambiante que descubrir o comprender.


lunes, 15 de febrero de 2016

El silencio de las sirenas



Fue la imagen del año según la CBS: miles de ballenas grises varadas en las playas del Pacífico, aniquiladas, arponeadas literalmente por una fuerza interior inexplicable.” Con esta escena salvaje y despiadada, tan demoledora como poética, Beatriz García Guirado, periodista y editora de la revista Láudano, nos invita a entrar a su mundo, un delicioso recorrido por la geografía subacuática del inconsciente en busca de la esperanza que, necesariamente, debe hallarse en las profundidades de la enfermedad mental.

Oless Svalbard, el personaje principal y narrador de la misma, nos sitúa sin ambages ni sentimentalismos en su propio drama personal y familiar: “Las ballenas no me importan, ella me abandonó y empezaron a llover peces del cielo, peces sin memoria. Se marchó como las olas en retirada y dejó una bolsa de plástico y latas de conserva en la orilla. Ocho años de matrimonio y para despedirse pegó un post-it en la nevera, como si el afecto pudiera comprarse en el supermercado”. El párrafo da cuenta de la prosa de la autora, una prosa medida, bien construida, contundente, con pretensión literaria, de rico y preciso lenguaje, así como nutrida de imágenes poéticas para combinar lo onírico con lo cotidiano y acercar al lector al universo emocional, gélido y acuoso, del protagonista. 

Oless es un buceador sueco de trabajo anodino en un call center que regresa al lugar en que su ex mujer murió arrastrada por el tsunami que un año antes había devastado Baja California. Un regreso sanguinolento frente a la dantesca escena de las ballenas agonizantes, varadas en la orilla. La propuesta nos desafía para que lo acompañemos en su periplo y encontrar con él la evidencia documental de una sirena a la que creerá haber visto tras una inmersión submarina.
Desde ese momento, el lector irá de la mano de Oless al mundo de las profundidades, situándolo ante la perspectiva de quien arriesga la vida, inmerso en el océano, y expuesto a la desorientación tan fácil como frecuente, además de la distorsión de cuanto pueda ser percibido. Se envuelve al lector con una prosa capaz de construir discordantes melodías subacuáticas y personajes certeramente dibujados a base de precisas pinceladas, como Shio: “una japonesa delgada y fibrada que tenía la mirada del dragón y el signo de Piscis tatuado entre los omoplatos”.

A partir de ahí, la aventura: un doble viaje en busca de la sirena avistada o de su evidencia documental (el video colgado en Youtube), que obligará al sueco Oless a atravesar los áridos y desolados parajes del narco México de la Baja California, para asistir, arropado por un elenco de personajes tan verosímiles como excéntricos, a un seguido de muertes y desapariciones con los que evocar su propia familia y el verdadero trauma que lo atormenta. Así, nos muestra a su abuela materna como “una bruja oronda que gimoteaba absolutamente por todo […] y le encantaba pellizcar a los niños y ponerles sal en la leche”; mientras se atormenta por si su propia madre “deseaba secretamente su muerte” al no parar de repetir estadísticas relacionadas con la muerte y desaparición de niños.

Con marcos de ensueño y atmósferas de gelatina, vamos siguiendo “el camino del héroe que, como en las epopeyas clásicas, ve la muerte antes de alcanzar la gloria”. Oless avanza a trompicones, sin mapa, pero con un norte bien definido en la brújula de su deseo hecho pedazos; alguien que camina y lucha para no desintegrarse frente a cuanto le rodea y llegar a la conclusión de que cada cual “debe aguardar solo su destino o, por llamarlo de otra manera, su infinita espera”.

De las anteriores líneas es fácil colegir que la novela es además una novela conceptual, plagada de simbolismos y referencias al psicoanálisis, con el inconsciente como hipótesis y el océano como metáfora. Decía Lacan que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje” e integró en su teoría conceptos de la lingüística, tales como la metáfora y la metonimia (ya introducidos por Freud en su famosa “Interpretación de los sueños” en tanto que condensación y desplazamiento) en la génesis del síntoma. Especial relevancia cobran éstos mecanismos en las psicosis, pues el síntoma retorna de lo real sin posibilidad de simbolización, como una verdad incuestionable. El vacío, el hueco, el agujero, es un concepto central en la enseñanza de Lacan, ya que para el psicótico “todo, cualquier cosa, quiere decir algo”. Por eso Oless Svalbard “es un niño que nunca regresó a casa”, una ballena varada, aniquilada, arponeada literalmente por una fuerza interior inexplicable. 

El Silencio de la Sirenas es sin duda una apuesta arriesgada, tal como dijo Pablo Mazo, en la presentación en “La Central” del Raval (Barcelona), por tratarse de una autora que debuta en el espeso y saturado mundo de la narrativa con una propuesta auténtica y nada convencional. Pero el que esto escribe cree firmemente que vale la pena arriesgar por aquello en lo que se cree, aunque sea en las sirenas o en su silencio. 





viernes, 13 de julio de 2012

Cosas de hombres




– ¿Y desde cuando está así tu mujer? –le dijo el Caimán cuando Pedro ya había puesto el coche en marcha.
– Pues no sé, desde el martes, creo. No sé, el lunes o el martes.
– Vamos que desde que fuisteis a la cena es como si se le hubiera girado el coco.
– Hombre, desde que fuimos a la cena, no. El domingo estuvo normal. En su línea, quiero decir –dijo Pedro mientras buscaba en su memoria algún indicador que le diera una pista exacta de cuándo se había iniciado aquel cambio de actitud.
– O sea, que está así desde el lunes ¿no? –preguntó el Caimán con la intención de ayudar a Pedro en su búsqueda.
– Bueno, ahora que lo dices, el domingo por la tarde, cuando nos vimos en el bar, ya la noté un poco rara.
– ¿A qué te refieres?
– No sé, como que me miraba más de la cuenta. Ella generalmente no me mira, no demasiado. A ver, sí que me mira, pero no se me queda mirando sin ningún motivo. Pero el domingo sí. Se quedaba como encandilada mirándome. Yo estaba jugando al billar con los niños, ¿sabes? Después del cabreo me los llevé al cine y luego a jugar al billar. Ella me llamó al rato, diciéndome que se iba con una amiga a tomar café. Cuando salimos del cine, la llamé y se vino al bar. Ahí fue donde empecé a notar algo raro.
– Esa amiga le ha metido algo en la cabeza –dijo como si de una verdad divina se tratara.
– ¿Tú crees? –le preguntó Pedro apelando a la gran intuición que tenía Juanjo.
– Seguro. Las mujeres son así. Tú les puedes estar diciendo una cosa toda la vida, y no te hacen ni caso. Luego viene cualquier amiga y les dice lo mismo, y como si hubiera sido Dios. Por experiencia te lo digo. Llevaba dos años diciéndole a mi mujer que metiera a mi suegra en una residencia. Ni caso. Que mientras yo pueda mi madre estará conmigo, que patatín, que patatán. Dos años. Un día llega a casa: que había estado hablando con una del mercado, que le había dicho tal y cual. En dos semanas, la abuela en una residencia. Esa amiga de tu mujer le ha metido algo en el coco.
– No sé –Pedro no daba mucha credibilidad a lo que le decía el viejo –. Lo único que sé es que está rarísima.
– ¿Y con los niños?
– No, con los niños está normal.
– Normal.
– Sí, sí, normal –le confirmó Pedro –. ¡Ah! Y no te he contado lo mejor. Ayer me dijo que se había apuntado a un gimnasio.
– ¿A un gimnasio? ¿Y para qué quiere tu mujer ir a un gimnasio?
– Pues no lo sé, pero lo que sé es que tres tardes a la semana me las ha jodido porque tengo que ir yo a buscar a los niños. Y lo más raro no es que se haya apuntado a un gimnasio. Lo más raro es que lo haya hecho de la noche a la mañana y sin decirme nada. Porque ella, generalmente, cuando quiere hacer algo, primero te está dando la vara durante dos o tres semanas. Luego, puede que lo haga o puede que no. Pero primero, a su manera, te consulta. Como cuando se apuntó a clases de inglés, porque decía que al taller llegaba mucho turista en verano y que no se entendía con ellos. Empezó diciendo que si aquello no había quien lo aguantara, que vaya complicación, que necesitaba apuntarse a un curso de inglés. Así estuvo un mes, hasta que al final lo hizo. Duró tres meses. Luego se acabó el verano y lo dejó.
– Pues ya lo tienes. Eso es –dijo el Caimán convencido.
– ¿El qué? –le preguntó Pedro.
– El verano. Es el puto verano. ¿En qué fecha estamos?
– No sé, en marzo, a veintidós ¿no? –le preguntó Pedro.
– Veintiuno –le corrigió su compañero.
– Bueno, a veintiuno. ¿Y eso qué tiene que ver? –preguntó Pedro que seguía sin ver la lógica de su amigo.
– ¡Coño, Pedro! Con lo listo que tú eres. Pues que llega el verano y se les gira el coco. Que si tengo que perder de aquí, que si tengo que perder de allá. Ya verás como no tarda en decirte que está a dieta.
– ¿A dieta? Pero si ella nunca se ha puesto a dieta. No lo necesita. Tendrías que ver el cuerpo que tiene. ¡Y sin hacer nada! No como yo, que de pasar sentado en este puto coche me va a salir una barriga más grande que la tuya.
– Al principio te jode, pero luego te acostumbras a vivir con ella –dijo el Caimán desde la resignación –además, los años no pasan en balde.
– Seguro que no, y con el tormento que nos dan las mujeres, el doble de daño nos hacen. Al final tendremos que hacernos todos maricones.
– No, no, no. De eso nada. Si quieres hacerte maricón, te haces tú. Pero a mí me dejas tranquilo –se defendió el Caimán de la propuesta salvadora de Pedro.
– ¿Y qué problema tienes tú con los maricones? –prosiguió Pedro al ver la reacción adversa de su compañero.
– Yo no tengo ningún problema con ellos, ni ellos conmigo. Ellos allí y yo aquí. No hay problema ¿entiendes? No hay problema.
– ¿Ah, no? –dijo Pedro, que ya se había olvidado por completo de su mujer.
– No.
– ¿Te sabes algún chiste de maricones? –le preguntó Pedro.
El Caimán tardó en responder. Sabía que la pregunta de Pedro era una encerrona, pero no podía adivinar por dónde iba a ser atrapado.
– Dime, ¿te sabes algún chiste de maricones? –le insistió Pedro.
– Pues claro que me sé algún chiste de maricones, me sé cientos de chistes de maricones, o miles, ¿sabes? –le dijo desafiante, tratando de demostrarle que no tenía miedo a sus preguntas.
– Dime uno.
– ¿Qué te diga uno?
– Sí, dime uno. Tú has dicho que te sabes cientos de chistes. Dime uno.
– ¡Joder! Así de pronto, en frío, pues no sé.
– ¿En qué quedamos, te sabes algún chiste de maricones o no? –Pedro estaba tomando las riendas y el Caimán empezaba a sentirse en un callejón sin salida. Tenía pavor a que Pedro acabase demostrando algún tipo de tendencia homosexual en su persona.
– Sí, claro que me sé, ya te lo he dicho.
– Bueno pues dime uno, aunque no tenga gracia.
– Que no tío, que no, que ahora no me viene ninguno a la cabeza.
– Ves, eso es porque es un tema difícil para ti, eres incapaz de decirme ni un solo chiste de todos los que sabes. Te has bloqueado. Es lo que diría Freud, una resistencia.
– Una resistencia, ¡pero qué coño dices! –el tono del Caimán era cada vez más elevado.
– Que sí, no te lo tomes como nada personal –Pedro trató de bajar la intensidad del ataque–. He estado leyendo cosas de psicoanálisis.
– De psicoanálisis. Pues a ver si te dice el psicoanálisis ese por qué está tan rarita tú mujer.
A Pedro se le escapó una risotada. El Caimán se había encendido de verdad.
– Mira, te voy a contar yo uno, para entrar en materia –le dijo Pedro–. Dice que son dos amigos que se encuentran por la calle. Uno le dice al otro: qué, ¿nos vamos a echar un polvo? Y el otro le dice, lo siento, no tengo dinero. Bueno y qué, le dice el otro, ¿acaso nos vamos a cobrar?
El Caimán se quedó con los ojos encendidos mirando a Pedro sin decir una palabra. Su rostro languideció y se quedó congelado. Era como su propia estatua de cera.
– ¡Ja, ja! –dijo el Caimán sarcásticamente.
– Lo ves. Dime, como éste hay montones. ¿Y sabes por qué? Porque la homosexualidad molesta. Es como algo que está siempre ahí, y que hay que combatir. Es como un peligro cercano, los hombres tenemos la necesidad de alejarnos de eso a cada instante. De reafirmar nuestra masculinidad.
– Tío, a ti esos libros te están sorbiendo el coco.
– Que no, Juanjo, que no. Que tú también tendrías que leer un poco más y darle de comer a tu cerebro.
El Caimán seguía con la cara descompuesta.
– O sea, que tú ahora lees libros de maricones y encima quieres que tu mujer no esté rara. Si es que hasta yo me estoy poniendo raro. Les voy a pedir que me cambien el turno.